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La estudiante extranjera. Imprimir E-Mail
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jueves, 05 de febrero de 2009
El verano pasado, cuando finalizó el curso, yo era una estudiante extranjera con poco dinero y muchas ganas de viajar y divertirme. Mi deseo era pasar unas semanas en el Mediterráneo, pero en mis circunstancias sólo podía hacer dos cosas: encontrar un trabajo y quedarme en Madrid, o volver a mi casa en Bélgica.


 Un día, mirando las ofertas de empleo del periódico, creí haber encontrado la solución: "MATRIMONIO SIN NI–OS BUSCA INTERNA PARA TRES MESES EN PLAYA. CASA Y COCINA SENCILLA. REFERENCIAS. SUELDO Y S.S." Mis conocimientos de cocina eran casi nulos y no tenía referencias, pero confié en la suerte y llamé. Lo de las referencias dejó de ser requisito indispensable cuando la mujer supo que era una estudiante.

 

La "mujer" era Julia, bueno, era mi Ama, aunque entonces sólo era una mujer. Se marchaban a primeros de Julio a una casa que tenían en la costa. Querían descansar y necesitaban alguien que se ocupara de limpiar un poco y mantener las cosas en orden. A ella no le importaba guisar si yo no sabía. ¡Era perfecto!. Me citó en su casa esa misma tarde y lo dejamos todo arreglado. Nos íbamos a Alicante el siguiente fin de semana.

 

La casa tenía tres plantas y estaba en la misma playa. Julia y Andrés -así se llamaba su marido- no me molestaban para nada. Yo limpiaba, hacía las camas y preparaba la comida: ensaladas, filetes a la plancha y cosas así. Julia, a veces, se metía en la cocina cuando necesitaba, como ella decía, una comida decente. Después de recoger la cocina, no les importaba que me fuera a la playa o que me acercara al pueblo por las tardes. Cuando estaban en casa, Andrés se sentaba ante su ordenador y Julia se llevaba un portátil a la terraza del ático, y podían pasar así horas enteras. De vez en cuando se enfrascaban en largas conversaciones. A veces salían a pasear por la playa.

 

Así pasaron, como digo, las primeras semanas. Todo empezó a cambiar el día que se rompió la cafetera. Habíamos comido en el porche de atrás y Andrés y Julia se fueron al salón para ver las noticias; yo les llevé allí el café y volví a la cocina para dejar la jarra en la cafetera y que el café se mantuviera caliente por si querían otra taza. Al entrar en la cocina tropecé y la jarra cayó al suelo rompiéndose.

 

 Julia vino al oír el ruido; yo estaba ya recogiendo cristales y café con un paño. Le dije que lo sentía y le expliqué lo que había pasado; ella no me contestó, se quedó en pié, con los brazos cruzados, mirando como limpiaba el suelo. Cuando creí haber terminado, dijo: -aquí -señalando unas pequeñas gotas de café cerca de donde ella estaba-, me apresuré a agacharme, paño en mano, para limpiarlas, y la oí decir: -así no, querida; recógelo con la lengua-. Vacilé un instante y todavía no se qué fue lo que me empujó a obedecer.

 

Era ridículo y no sé por qué lo hice, pero el caso es que me arrodillé y lamí aquellas malditas gotas de café.

Mientras lo hacía, recuerdo que miraba fijamente los pies de Julia, entonces ella dio un paso hacia mi y cogió mi cara por la barbilla levantándola -cuando acabes con la cocina -dijo- sube a mi habitación. Dio media vuelta y se marchó. Sentía que la cara me ardía.

 

Mientras terminaba con los platos no dejaba de pensar. Por supuesto que iba a subir; y pensaba decirle que no aguantaría ninguna impertinencia mas, que su reacción había sido absurda y que estaba loca si pensaba que podía tratarme de un modo tan humillante.

Decidida a dejar las cosas en su punto, comencé a subir los peldaños de dos en dos, pero según me acercaba a la segunda planta iba perdiendo impulso y al llegar al final de la escalera me detuve. Tardé una eternidad en llegar hasta la puerta del dormitorio; llamé, y la abrí cuando la voz de Julia me invitó a entrar.

 

 Estaba sentada en un sillón frente a la puerta y me miraba fijamente, tanto, que tuve que desviar la mirada. Otra vez sentí que mi cara ardía. El incidente de la cocina había sido bochornoso y me sentía avergonzada, pero al parecer, Julia no sentía la menor turbación por su comportamiento.

 

Mi intención de hablar clara y tajantemente parecía haberse esfumado, y comencé a hacerlo sin levantar la vista del suelo. Le dije: -mira, Julia, es todo una tontería, si hace falta pagaré una jarra nueva y.. -Por supuesto que vas a pagar, para eso estás aquí. Se levantó, me cogió de las manos y con una cuerda blanca que no se de dónde sacó me ató las muñecas sin que yo me resistiera, luego me llevó hasta los pies de la cama y ató el extremo de la cuerda al cabecero.

 

La cuerda no era muy larga, y esto me obligó a inclinarme hacia delante extendiendo los brazos mientras mi cintura se apoyaba en la barandilla de los pies de la cama.

 

Un montón de ideas contradictorias rodaban por mi cabeza. Podía -debía- gritar, revolverme, resistirme, indignarme, hacer algo, cualquier cosa. A la vez, algo en mi interior quería dejarse llevar, no pensar y no actuar. Cuando Julia acabó de atar la cuerda volvió junto a mi y sin ningún miramiento me bajó el short y las bragas. Cerré los ojos y la dejé hacer, hasta colaboré para que sacara la ropa por mis pies.

 

 Una parte de mi había ganado y ahora, esa parte se mantenía expectante. Ahora Julia ató cada uno de mis pies a una pata de la cama. -Bueno, Clara -me dijo, castellanizando mi nombre como siempre hacía-, creí que sería mas difícil, pero me parece que te gustará este juego tanto como a mi. De inmediato comenzó a golpear mis nalgas con algo duro y plano.

 

A los pocos minutos mi trasero ardía y los golpes me dolían cada vez mas. Por fin había yo recobrado el habla, y ahora el dolor me hacía gemir. Julia paró, encendió un cigarrillo y salió al balcón a fumar. Al cabo de unos minutos volvió a entrar y reanudó el castigo, sólo que ahora me golpeaba con algo largo y flexible. Volví a gemir y a quejarme cada vez mas fuerte, hasta que Julia, cansada de oírme -según dijo-, paró y me puso la fusta entre los dientes ordenándome no dejarla caer.

 

Andrés entró en la habitación en ese momento. ¡Que horror! Yo atada en aquella postura incómoda y humillante, apenas vestida con una camiseta y sosteniendo en mi boca el instrumento con el que había sido azotada. Por un momento se rompió la magia y volví a sentirme violenta. Intentaba juntar las piernas, pero las cuerdas que ataban mis tobillos me lo impedían.

 

 Andrés se acercó a mi y acarició mis nalgas enrojecidas y marcadas, mientras, deslizando la otra mano por debajo de mi camiseta, alcanzaba uno de mis pezones y lo retorcía con firmeza. La magia volvió y me sumergí de nuevo en una especie de mundo paralelo, en el que se podía prescindir de la voluntad y renunciar a controlarlo todo. Mi cuerpo estaba atado y dolorido, pero mentalmente me sentía mas libre y relajada que nunca.

 

Volví a ser azotada de nuevo. Luego me desataron y me dejaron descansar unos minutos, para enseguida sentarme en una silla, atándome las manos atrás por fuera del respaldo; a continuación vendaron mis ojos con un pañuelo de seda. Me dejaron sola un rato. Andrés venía de vez en cuando, levantaba mi camiseta y retorcía mis pezones, lo que me mantenía en una excitación constante. En una de sus visitas ató mi cuerpo al respaldo de la silla para que no pudiera caerme. Creo que pasaron horas, pero no sé cuántas. De nuevo entraron los dos juntos y el olor a comida me recordó que tenía hambre. Pensé que me iban a desatar para comer, pero no fue así. Pusieron la bandeja en una mesita delante de mi y Andrés me dio la cena como si fuese una niña pequeña. Luego me desataron por fin, me destaparon los ojos y me ordenaron irme a la cama.

 

Aquella noche no pude dormir apenas. No podía quitarme de la cabeza lo que había ocurrido. Me maldecía por haberlo permitido y me preguntaba lo qué Julia y Andrés pensarían de mi; pero cuando conseguía apartar de mi mente los esquemas convencionales, y dejaba que mi memoria reviviera las últimas horas, me invadía una especie de éxtasis que nunca antes había conocido y todo mi cuerpo ardía de deseo. Comencé a masturbarme despacio, mientras por mi mente desfilaban, una vez mas, los momentos vividos aquella tarde. El orgasmo llegó enseguida, incontenible y liberador. Después me dormí.

 

Por la mañana me desperté tarde. Me duche y corrí a la cocina para desayunar. Andrés y Julia lo estaban haciendo en el porche. Me serví un café confiando en que no hubieran notado mi presencia. ¡No quería verlos!, ¡ni que me vieran a mi!. No sabía qué decir ni cómo podría tratarles en adelante. Para mi desgracia, Julia se dio cuenta de que yo estaba en la cocina y me dijo que cuando acabara de desayunar podía retirar los platos de fuera. Su voz era la de todos los días.

 

Acabé mi café y salí. Les di los buenos días y apenas interrumpieron su conversación para responderme. Era como un día cualquiera. Yo me movía del porche a la cocina retirando la mesa, sin decir ni una palabra y sin mirarles a la cara. Pude oír lo que decían y supe que Andrés pensaba ir al banco y a correos, y Julia le pidió que la acercara al pueblo para hacer unas compras. ¡Bien! -pensé-, con suerte no volverían hasta la hora de comer y podría estar sola, pensar y relajarme.

 

Cuando terminé de recoger el desayuno intenté huir hacia el salón con el plumero y la aspiradora, pero Julia me llamó y me paré en seco. -Ven aquí -dijo- y en su voz había ahora algo distinto. Salí y me quedé en pié junto a la mesa, algo me decía que no debía sentarme y ellos no me invitaron a hacerlo. Julia volvió a hablar sin quitarme la vista de encima.

 

-Ayer tuviste una experiencia.. distinta, y estoy segura de que has pensado mucho esta noche y puede que hayas tomado alguna decisión, pero también es posible que estés confusa, que tengas dudas y no sepas qué hacer. Voy a aclarar alguna de tus dudas. Nada volverá a ser como antes; puedes quedarte o marcharte, pero no puedes borrar ni un minuto del día de ayer. Antes te tratábamos como a una amiga y no como a una criada; ahora las cosas van a cambiar.

 

 Si te quedas, seguirás cumpliendo tus obligaciones como hasta ahora y tendrás otras nuevas. Nos obedecerás en todo y te usaremos como mejor nos parezca. Serás castigada cada vez que cometas una falta o cuando lo creamos oportuno. Si decides marcharte podrás hacerlo ahora. Si quieres irte pero no tienes suficiente dinero, no te preocupes, te pagaremos los días que llevas aquí y te daremos lo que te haga falta. Nosotros vamos a salir; cuando volvamos nos darás tu respuesta. Tu eliges. Piensa que, si decides quedarte, esa será la última decisión que tomes libremente, porque será para convertirte en nuestra esclava.


La escuché sin levantar la cabeza y, con la mirada baja, sólo alcanzaba a ver la mesa; sobre ésta, las manos de Julia jugaban con su mechero y las de Andrés colocaban una y otra vez la servilleta. Imaginé aquellas manos atándome, empuñando la fusta y tocando mi cuerpo como la tarde anterior, y deseé que aquello no acabara nunca. Me latían las sienes y mi garganta estaba tan seca que no podía tragar. Cerré lo ojos y susurré: -no necesito pensarlo, quiero quedarme. Seré lo que queráis que sea.

 

-Tienes tiempo hasta la hora de comer, no te precipites -dijo Andrés-.

Se levantaron y fueron hacia la escalera. Yo seguía en el porche. Al cabo de unos minutos les oí salir por la puerta principal. Me senté y me quedé mirando el mar. De pronto me levanté y corrí hacia la playa, hasta el agua. Cuando me cansé de nadar, salí y me tumbé en la arena; los brazos abiertos, los ojos cerrados y el sol resbalando suavemente por mi piel. No quería pensar, sólo quería volver a sentir lo mismo que el día anterior; había encontrado algo especial y no podía salir corriendo. Estaba completamente seca y llena de sal y de arena; volví a la casa, me duche y me puse a hacer las camas.

 

Andrés volvió y se metió en el despacho sin hablar conmigo. Mas tarde volvió Julia y me ordenó subir a su habitación. Había varios paquetes desechos sobre la cama y algunas prendas negras perfectamente ordenadas.

-Quiero saber cuál es tu respuesta.

-Me quedaré.

 

-"Me quedaré, Ama". Así es como debes llamarme, no lo olvides. -Desnúdate -me ordenó- y ponte esta ropa, a partir de ahora la llevarás cuando estés en casa.

 

Me desnudé y comencé a ponerme aquellas prendas. Un corsé negro con portaligas y aros, que levantaban los senos sin cubrirlos, y unas medias negras. Julia me ayudó a ponérmelas con la costura bien derecha. Luego me tendió unos zapatos que sacó de una de las cajas, eran de charol negro y de tacón muy alto.

 

Tenían pulsera en el tobillo, pero cuando intenté abrocharlos vi que no tenían hebilla, en su lugar había una anilla metálica en un extremo de la pulsera y varias ranuras en el otro. No sabía como cerrar aquello, pero Julia me hizo levantar el pié, introdujo la anilla por una de las ranuras y le puso un pequeño candado. Me ordenó caminar por la habitación para habituarme a los tacones.

 

Mientras yo daba vueltas por el cuarto, ella seguía deshaciendo paquetes y sacando cosas del armario. Me puso un collar de cuero parecido al de un perro pero con la anilla en la parte delantera, y brazaletes similares en las muñecas. Cuando consideró que ya sabía andar suficientemente bien, me ordenó bajar a poner la mesa, pero antes completó mi atuendo con un delantalito, una cofia y guantes, todo blanco.

 

Así vestida serví la comida y el café. Cuando terminaron subimos a la única habitación de la tercera planta. Era grande y estaba escasamente amueblada. Había un sofá y una mesa baja, una cómoda, una silla y un taburete; una especie de caballete forrado de cuero en su parte superior y una mesa pegada a una de las paredes.

 

 El techo estaba atravesado por una viga de la cual pendían tres poleas en las que yo no había reparado hasta ese día. En cada uno de los pilares que sostenían la viga y que sobresalían de la pared, había una argolla metálica colocada casi a ras de suelo. En la pared del fondo había una jaula.

 

Una vez arriba, me permitieron sentarme en el taburete, Andrés me dio un papel y me ordenó leerlo y memorizarlo. Era una lista con mis obligaciones, las cosas que podía y no podía hacer, como debía dirigirme a ellos, etc. Me dejaron leerlo dos veces y cuando terminé me llevaron hasta el caballete que estaba en medio de la sala. Cada una de las patas disponía de un brazalete de cuero que cerraron alrededor de mis muñecas y tobillos, de forma que mi cuerpo descansaba sobre la superficie acolchada de cuero.

 

Pronto comencé a sentir sobre mi culo los golpes de la fusta. Era Julia quien me azotaba mientras Andrés contemplaba la escena desde el sofá. Cuando terminaron los azotes y me soltaron del caballete, me colocaron en el centro de la estancia, sujetaron los brazaletes de mis muñecas a una cuerda que pendía de la polea central y ataron mis tobillos juntos llevando los extremos de la cuerda hasta las anillas de las paredes, donde los fijaron. Las cuerdas estaban tan tensas que no podía moverme ni un milímetro y los brazos levantados me mantenía erguida. Me dejarían una hora en esta postura para que, según me dijeron, aprendiera a quedarme inmóvil cuando terminaba de servirles, ya que aquel día, durante la comida, no había dejado de mover los pies.

 

Ahora fue Julia quien se sentó, mientras Andrés comenzó a llenar mis pechos de pinzas. Eran de madera, de las que se utilizan para tender la ropa, y las ponía metódicamente, una en cada pecho, de forma que siempre hubiera el mismo número en cada uno. Cuando llevaba unas doce en total, ya no podía aguantar el dolor y comencé a gemir y quejarme. Andrés interrumpió su tarea y fue hasta la cómoda, sacó algo de un cajón y volvió junto a mi. Pronto supe lo que había cogido.

 

Me obligó a abrir la boca y me introdujo en ella una especie de pelota de goma dura que sujetó a mi nuca con unas correas laterales. La mordaza no dolía, pero era muy incómoda. Cuando acabó con las pinzas (creo que unas veinte en total), me dejaron sola.

 

El tiempo se me hizo eterno hasta que volvieron y me liberaron de mi incómoda postura, no sin antes quitarme muy despacio las pinzas, lo que me dolió mas que su colocación. Me dejaron descansar un rato en el sofá y luego bajamos a cenar.

 

Les serví la cena que estaba ya preparada y mientras comían permanecí en pié, con las manos a la espalda y teniendo buen cuidado de no mover los pies. Tenía hambre y Julia debió de darse cuenta, porque se levantó y volvió con un flamante plato para perros, cortó un trozo de asado en pequeños pedazos y los puso en el plato, añadiendo una buena ración de arroz blanco. Dejó el plato en el suelo delante de mi y me ordenó: -come!. Estaba claro cómo tenía que hacerlo, así que me puse a cuatro patas y comí lo mejor que pude. Cuando terminé me trajeron otro plato igual, esta vez con agua.

 

Después de la cena recogí la cocina y pedí permiso para ir a mi habitación. Ya había aceptado la situación y asumido mi papel, así que me dormí enseguida, después de disfrutar de un nuevo orgasmo.

 

Los días siguientes fueron mas o menos parecidos, con algunas variantes en los castigos que recibí. Descubrí, por ejemplo, que si la fusta era el instrumento favorito de Julia para azotarme, Andrés prefería usar el látigo y que lo manejaba con maestría. Se situaba a unos dos metros de mi y podía hacer que el látigo me golpeara cruelmente enroscándose a mi cuerpo, o que acariciara mi piel con suavidad. Cuando él utilizaba su látigo no había ni un trozo de piel, de mis hombros a mis rodillas, que no tuviera su correspondiente marca. Al día siguiente le gustaba pasar los dedos sobre estas marcas y sonreía satisfecho.

 

Un día me preguntaron si me masturbaba por las noches y como dije que sí, me colocaron un cinturón de castidad metálico. Desde entonces me lo ponían cada noche y me lo quitaban por la mañana para que pudiera hacer mis necesidades y ducharme, cosas que hacía siempre en presencia de alguno de mis Amos. También me lo ponían cuando salían los dos de casa y me quedaba sola.

 

Ahora ya no podía tener placer por las noches y el deseo se iba acumulando en mi. Supongo que esto es lo que buscaban; controlar mi sexualidad para someterme totalmente. Mi forma de vestir y la manera en que me trataban me mantenían en una excitación constante que, al no poder tener su natural desahogo, me ataba mentalmente a ellos. Cada día aguantaba mejor los castigos y llegué a desearlos. Ahora ya no me retorcía de dolor bajo el látigo o la fusta; cuando me azotaban cerraba los ojos y sentía el golpe con todo mi cuerpo, con toda mi mente.

 

 

Ya no me permitían ir a la playa; a cambio debía lamer la sal de sus cuerpos cuando volvían de nadar. Una mañana, mientras lamía cuidadosamente a Julia, Andrés me quitó el cinturón de castidad y me introdujo un consolador en el ano y otro en la vagina. Yo estaba loca de deseo y al sentirme penetrada no pude controlarme y estallé en un orgasmo como no había tenido jamás.

 

Aquel orgasmo involuntario me valió un castigo continuado que sufrí durante el resto de mis vacaciones. Para empezar, mis Amos me hicieron subir al ático y allí me colocaron sobre la mesa, que previamente pusieron bajo las poleas. Suspendieron mis tobillos de éstas quedando con las piernas completamente abiertas y descansando la espalda en la mesa. Luego unieron con un mosquetón los brazaletes de mis muñecas y levantaron mis brazos hacia atrás, atándomelos a las patas de la mesa por debajo de ésta.

 

En esta postura, mis senos y mi sexo quedaban totalmente expuestos y sin posibilidad de protección. Me pusieron pinzas metálicas en los pezones y llenaron de pinzas de madera mis labios vaginales, tantas que no cabía ni una mas. Cogieron después cada uno un látigo corto de nueve colas y comenzaron a azotar la zona cubierta de pinzasa.

 

 

 El dolor fue tan espantoso que me hacía gritar. Cuando se cansaron, soltaron mis piernas y brazos, pero no me quitaron las pinzas. En lugar de esto me forzaron a cerrar las piernas y ataron mis muslos a la altura de las caderas con una infinidad de vueltas de cuerda, hasta que la ligadura tuvo un palmo de extensión. Me pusieron a cuatro patas y me hicieron entrar en la jaula, que cerraron con un grueso candado, y allí me dejaron hasta el día siguiente.

 

 

Las dimensiones de la jaula no me permitían ponerme en pié ni estirarme del todo y el dolor de las pinzas, presionadas entre mis muslos por la cuerda, era mas intenso conforme pasaba el tiempo. A pesar de todo, el cansancio consiguió que me durmiera en algún momento. Me sentí muy agradecida cuando al día siguiente fui liberada de mi encierro y terminó la pesadilla de las pinzas. Después de ducharme y comer algo me permitieron dormir algunas horas. Creí que mi castigo había terminado.

 

Los días siguientes todo volvió a la normalidad, incluido el cinturón de castidad, aunque ahora sólo me lo quitaban cuando querían tener acceso a mis genitales, dejándomelo puesto el resto del tiempo.

 

Un día no hubo sesión de castigo por la tarde; en su lugar me metieron en la jaula completamente desnuda, llevando sólo mi collar de cuero. Una vez asegurada la puerta con el candado me dijeron que el otro día me había comportado como una perra en celo y que si esa era mi naturaleza, hoy iba a tener ocasión de expresarla. Se marcharon dejándome en mi jaula con la duda de qué sería lo que me esperaba.

 

No tardé mucho en averiguarlo. Al cabo de un rato, mis Amos aparecieron de nuevo. No venían solos, les acompañaba un hombre de unos cuarenta años, no muy alto y bastante grueso. Los tres se acercaron a mi jaula y hablaron sobre mi. El hombre no me quitaba la vista de encima y yo no perdía palabra de la conversación. Mis Amos hablaban de mi como de una perra y el hombre era el candidato para cubrirme. Enseguida se pusieron de acuerdo y me sacaron de la jaula tirando de mi con una correa enganchada a mi collar.

 

El hombre se había desnudado y tumbado en el suelo sobre unos cojines. Mi Amo tiró de mi correa acercándome hasta él y haciéndome olisquearle como si realmente fuera un animal, hasta que empujó mi cabeza contra el miembro erecto del hombre y me ordenó: -Lame!. Obedecí, y aunque no era la primera vez que lo hacía tampoco tenía demasiada práctica, por lo que el hombre, no sintiéndose muy satisfecho, protestó, se levantó, cogió una fusta y me azotó sin miramientos, después de lo cual y una vez besada y lamida la mano que acaba de castigarme, tuve que reanudar mi labor aplicadamente.

 

 Creo que esta vez lo hice mucho mejor, pues se incorporó muy excitado y me penetró desde atrás. Sus envestidas eran cada vez mas fuertes y no paraba de decir: "Muy bien perra, muy bien!", mientras con una mano atraía mi cuerpo hacia sí y con la otra tiraba de mi correa. Cuando estaba a punto de ahogarme, cesaron sus sacudidas y cedió mi correa, lo que me permitió respirar en tanto el hombre se derrumbaba sobre los cojines totalmente exhausto y sudoroso.

 

Mis Amos habían presenciado toda la escena y cuando el hombre se marchó se mostraron muy satisfechos conmigo. A partir de ese día, volvió a ocurrir una o dos veces por semana. Eran hombres diferentes cada vez, algunos eran agradables y otros no.

 

 Mis Amos parecían disfrutar viendo como era poseída por otros en su presencia y yo me preguntaba por qué no me poseían ellos sexualmente cuando yo lo estaba deseando. La verdad es que esta pregunta no me atormentaba, porque para entonces era ya una esclava bien educada, y el placer de obedecer y pertenecer plenamente a mis Dueños me llenaba por completo, sin que echara de menos nada, absolutamente nada, de mi mediocre vida anterior como mujer libre.

 

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Modificado el ( lunes, 27 de julio de 2009 )
 
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